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Lunes, 20 de noviembre del 2017
A Dios sea la gloria.

Samuel Ochoa

Las nuevas crónicas del ciudadano regular LXVIII

2017-07-27 - Samuel Ochoa

Una de mis películas favoritas de la infancia es la de “Bichos”, una de las primeras elaboradas entre la gigante del cine infantil Disney y la nueva y experimental Pixar, que después se convertiría en una de las más importantes en su ramo, sino es que la más. Pues en esa película venían tres escenas que me causaban especial gracia, esas donde se regalaban piedras.


Para quienes ya las vieron sabrán a cuáles me refiero, para quienes no, es una donde el protagonista hace un simbolismo de un grano de trigo con una roca, que después es usada por otro personaje para hacerle recordar al primero su visión, y al final se refuerza con un chiste local. No parecieran tener tanta gracia, pero tienen un significado bastante curioso que es muy aplicable a la vida real.

De hecho si nos ponemos a pensar, nos debe haber sucedido muchísimas veces. Solemos ver lo que otros hacen, usan o dicen y creemos que es algo que acostumbran o resulta normal, sin entender que a la mejor es algo muy fuera de contexto y raro.

Mi mejor ejemplo es el que me sucedía con mis tías durante la infancia también. Resulta que cuando era niño era yo muy delgado, y además como pertenecía a una familia de clase media-baja, también era común que yo heredara ropa de otros familiares, en especial de mis primos que eran de mi misma edad pero unas tallas más. Por tal razón, cuando pequeño me vieron muchas veces vestido como “cholo” porque traía pantalones bastante más grandes de los que debería usar, así como playeras y chamarras que casi me doblaban el tamaño.

Pues no sé por qué nunca se detuvieron a preguntar, pero la mayoría de mis familiares que  me regalaron ropa durante esa etapa de mi vida, como me veían que “usaba mucho ropa de cholito”, pues me seguían obsequiando este tipo de prendas, entonces así pasé casi hasta la adolescencia vistiéndome “tumbado”, hasta que pude elegir mi propia ropa.

Después de eso pasé a mi etapa “dark”, pero en esta ocasión mi mamá fue la culpable. Recuerdo que yo me compré en una ocasión un par de playeras de color negro, con mi propio dinero, las cuales me gustaban mucho y usaba a menudo. Quizá de ahí ella tomó la idea de que yo estaba pasando por esa etapa, así que me comenzó a regalar mucha ropa negra, al punto de que la mitad de mis prendas eran oscuras. Ella dice que el negro me queda bien, pero desde entonces traté de usar más coloridos para que no fueran a pensar que también estaba deprimido y ese tipo de cosas.

No soy el único que al que le sucede, le pueden preguntar a la señora Regular. Mientras fuimos novios, pensé que siempre iba a ser una linda sorpresa regalarle flores, películas y discos de música, por lo que nunca me quebré mucho la cabeza a la hora de pensar en los obsequios por aniversarios o cumpleaños, hasta que un día sin decir nada, pero sí con un gesto bastante revelador, entendí que tal vez no estaba haciendo las cosas bien. Desde entonces se ha vuelto mucho más difícil, y eso que nos conocemos desde hace bastante tiempo.

No solo se aplica en los regalos, sino en casi todo lo que hacemos en la vida. El trabajo, en la escuela, hasta la forma de limpiar la casa, a veces es divertido, otras tantas es bastante molesto, pero básicamente se reduce a problemas de comunicación.

Suena a una teoría simple eso de decir lo que quieres, pero en realidad la misma naturaleza humana es la que nos impide querer averiguar sin parecer tonto, así que ahí estamos pretendiendo adivinar lo que es correcto y haciéndolo solo porque lo vimos así, regalando piedras en vez de granos de trigo.

Cuando niño no son muchas las alternativas, al contrario, hay que agradecer que tienes con qué vestirte y qué comer, por mucho que detestes el repollo cocido, pero ya de adultos no hay  ninguna excusa para tener que pasar momentos incómodos a consecuencia de este tipo de malentendidos.

Dice una compañera del trabajo que “prefiere que la tachen de bruta por preguntar, que por equivocarse al hacer algo”, y me parece que es muy acertada su visión, pero no todos estamos tan dispuestos a ser vistos de esa forma, así que simplemente disimulamos y seguimos usando nuestra ropa holgada y oscura.

La otra solución es que no esperes nada de nadie, nunca, aunque retomando un poco el tema tocado recientemente, ¿quién puede sobrevivir a la soledad y aislamiento de esa manera? Lo ven, es preferible vestir como cholo y comer repollo.

Aquí termino entonces con mis chistes de la infancia, les agradezco mucho sus comentarios y sugerencias que sigo recibiendo en samuel.ochoa@elpueblo.com y también en mi cuenta de Twitter en @rockydriller

Se despide el ciudadano regular. 




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