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Viernes, 20 de octubre del 2017
A Dios sea la gloria.

Samuel Ochoa

Las nuevas crónicas del ciudadano regular LIV

2017-04-19 - Samuel Ochoa

¿Han escuchado el término “socialmente torpe”? Es recién traído del lenguaje inglés, porque bueno, aquí lo decimos de otra manera. Allá la definición “socially awkward” es utilizada desde hace mucho, define el comportamiento de muchas personas que tienen problemas para socializar y que de hecho ha servido para hacer miles de chistes, que irónicamente funcionaron para que estas mismas personas pudieran comenzar a hacer amigos, principalmente a través de redes sociales y otras páginas de comedia.


La mala noticia para mí es que el Internet no era una herramienta de tan fácil acceso, como lo es hoy en día, así que yo tuve que ser “socialmente torpe”, es decir con problemas para socializar por mí mismo ante esa incapacidad de hablar sin sentir temor o pena. Eso le pasa a mucha gente, así que no me puedo sentir especial por ello.

Pero no les voy a contar toda la historia, solo una experiencia que me pasó allá por mis 16 años, cuando intentaba dejar esa torpeza para socializar de lado y quería buscar nuevos amigos.

Así pues, llegó la temporada de pascua de aquel año y no hacía mucho que comenzaba a hablar más con una chica que estaba en mi mismo grupo en la preparatoria. Ella era interesante y compartíamos algunos intereses, así que pensé que ser amigos no sería difícil después de todo, en ese objetivo de ampliar mi círculo social y evitar pasar los fines de semana encerrado en casa viento televisión o jugando videojuegos.

Sin embargo, se atravesaban esas dos semanas de vacaciones en que dejaríamos de vernos, por lo que ese proceso de socialización sería  más lento de lo que hubiera deseado, así que tuve la genial idea de “preguntar qué haría ella por estas fechas”.

No es que haya sido una mala decisión, lo que pasa es que recién la conocía y no estaba seguro de todo lo que ella hacía fuera de la escuela. Pero igual no tuvo molestia en invitarme a que fuera una tarde allá por su casa a conocer a varios de sus amigos, y quizá hasta me interesaría participar en las actividades que realizarán esos días, con las cuales ya estaban todos muy comprometidos.

Sé que suena bastante obvio pero para mí no lo fue. Así que ahí  me tienen, acudiendo a un grupo de jóvenes de una iglesia lejana, integrándome a la Pascua Juvenil de aquel año, anotándome en todas las actividades porque pensé que sería interesante.

Y de hecho lo fue, pero debo admitir que no estaba acostumbrado a ir a misa todos los días, a estar cantando y bailando en alabanzas todas las tardes y en asumir que todos tienen la misma actitud servil y buena todo el tiempo, pero una vez que se acaban las actividades del grupo no tienen el más mínimo interés en seguir hablando contigo.

Pero como soy una persona que le cuesta trabajo decir que no o quedar mal, pues seguí yendo por dos semanas a la misma iglesia, incluso a la misa de resurrección que se realiza un sábado a medianoche, teniendo que pagar un taxi para volver a mi casa una vez que terminó todo, porque repito, yo no vivía ni remotamente cerca de ese lugar, pero quería hacer amigos nuevos.

Debo reconocer que se llevaron una buena impresión de mí en ese grupo de jóvenes, me invitaron a formar parte de él una vez que acabó la Pascua, aunque por conveniencia geográfica no era lo mejor para mí. Obviamente que esa fue la última vez que le hablé a la gran mayoría de las personas con las que conviví durante esas fechas.

Aunque después de todo, sí conseguí hacerme buen amigo de la chica de mi clase. Hoy en día todavía nos saludamos con gusto, a pesar de que ya no convivamos como antes, pero por lo menos salió algo bueno de esa pascua.

Lo que sí tengo que admitir es que a partir de ahí fue una pauta para dejar de lado muchos de mis temores y torpeza social, dejé de tenerle miedo a la gente y comencé a hablar con mayor facilidad, al punto que ya no fue tan difícil para mí hacer nuevas amistades en el futuro. Quién iba a pensar que esa habilidad terminaría sirviendo también en mi trabajo, pero eso ya es otra historia.

Es obvio que por más risas y buenos ratos que pudieron haberse presentado en esa convivencia con esos jóvenes de la comunidad eclesiástica, la mayoría del tiempo fue incómoda para mí, pensando a mil por hora cómo contestar a lo que los demás me preguntaban, por mi naturaleza de chico nuevo, y tratando de encajar en un grupo que ya estaba definido, pero creo que después de todo fue un ejercicio necesario para salir de esa zona de comodidad y atreverse a hacer algo diferente.

Creo que es algo que de cierto modo todos tenemos que hacer tarde o temprano; salirse del margen de vez en cuanto, hablarles a personas diferentes, intentar algo nuevo, y si en ese inter te das cuenta de algo que no sabías, entontes atreverte a cambiar, que al final será algo positivo.

Es un proceso complicado y constante, yo todavía me puedo considerar un poco socialmente torpe, pero he tenido notables avances en comparación a la persona que solía ser a mis 16 años, y no espero que nadie imite mi ejemplo, solo que sepan que es posible sin importar la edad que tengas o el círculo social en el que te desenvuelvas. 

También es cierto que no todos los amigos que hagas en tu vida permanecerán ahí para siempre, pero al menos te recordarán y quizá hasta una bella palabra te dediquen el día que te toque partir, ¿no es eso dejar huella en la historia?

Se los dejo de tarea, mientras yo me despido por esta semana y los sigo leyendo en mis redes  (FB/smloc y Twitter @rockydriller) y en mi correo electrónico samuel.ochoa@elpueblo.com para que expresen sus dudas, consejos, sugerencias o hasta críticas, todo se vale.

Se despide el ciudadano regular. 




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