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Jueves, 25 de mayo del 2017
A Dios sea la gloria.

Samuel Ochoa

Las nuevas crónicas del ciudadano regular LII

2017-04-04 - Samuel Ochoa

No sé si antes funcionaba de igual manera, pero el cerebro humano está hecho para pensar e imaginar. Por eso resulta tan fácil mentir, aunque todas las evidencias estén en tu contra, pues si tiene sentido para ti en tu cabeza, entonces muy convencido puede tratar de imponer esa verdad equivocada.


Quizá por eso el “sistema” insiste tanto en darnos cosas para hacer que pensemos un poco más despacio, a ver si así le tenemos menos amor a ese falso testimonio, como cada vez viene ocurriendo de forma más frecuente, por eso hoy en día nos enteramos de tantas barbaridades que ocurrieron en el pasado y de las que “nadie se enteró” hasta ahora. Ustedes saben a lo que me refiero.

Pero en particular me gustaría recordar un caso que nos tocó vivir por varios años a varios amigos de la infancia y a mí. De hecho ahora que lo recuerdo resulta bastante gracioso porque hubo quien secundó esa historia, aun cuando sonaba ilógica y descabellada.

Me remonto entonces hace algunas décadas, teníamos un vecino que intentó ser amigo nuestro y que en aquel entonces tenía una tendencia marcada hacia la mitomanía. Desconocemos por qué, pero lo hacía de manera frecuente y lo más chistoso es que no era él, sino un familiar suyo el que resultaba señalado por todas esas historias ficticias.

Este compañero de juego de la cuadra se presentó con nosotros comentando de todas las cosas que su abuela le había regalado por navidad, porque lo quería mucho y quería que él fuera el más afortunado de todos los niños. Igual y eso no tiene nada de raro, pero sí era extraño que “no lo dejaran sacar los juguetes, porque se gastaban”.

Los regalos pasaron a ser viajes a otros estados y después al extranjero, en vehículos de lujo que conducía la señora mayor y que empezaban a carecer de lógica, porque bueno, ¿por qué solo a él?

Igual y no teníamos razones para no creerle, por el momento, pero ya todo se veía bastante raro y hasta nos empezaba a caer mal por lo demasiado pretencioso que parecía, presumiendo todo eso que le daban y más.

El colmo de las cosas llegó el día que nos presumió que su abuela tenía una casa de oro… no hace falta contar más.

Lo peor, uno de sus amigos más antiguos, que llegó a juntarse con nosotros en diversas ocasiones, aseguraba que todo lo que decía este niño era verdad, que él lo había visto y que estaba increíble.

Después nos enteramos, o más bien dedujimos por cómo se fueron dando las cosas, que esa era su manera de llamar la atención, de despegarse de una realidad que no le gustaba por los problemas que había en su casa, y de sentirse especial aunque fuera por un momento, pero por fortuna pudo superar todo eso y hoy sé que es un hombre de bien, exitoso y que ahora usa esa creatividad con otros propósitos más útiles.

No le guardamos rencor ni nada de eso, al contrario, todavía lo vemos y saludamos con mucho gusto, pero esas historias nos dan bastante gracia hoy en día, por pensar en lo creativos y ridículos que llegamos a ser en la infancia, pues a fin de cuentas esas mentiras eran innecesarias.

Al menos esas se podían decir mentiras inocentes, que no le hacían daño a nadie. Malo cuando alguien lo hace, sin escrúpulo alguno, para salir beneficiado de su posición o poder. Es decir, yo también he llegado a decir una que otra mentira para salir de apuros, pero te pones a pensar en donde queda la moral y dignidad de una persona que prácticamente se burla de otros al ocultar la verdad.

En ese caso sí hablo de políticos, de ex funcionarios y de personas que hoy en día son buscadas por la ley. Es decir, era obvio que no se iban a poner “en la cruz” solos, pero resulta incomprensible el cómo se ocultaron tan bien, engañando a tanta gente por tanto tiempo y al final se salieron con la suya. Eso me hace pensar que tal vez necesitamos más trampas para no decir mentiras.

Es cierto, la verdad puede ser aburrida y hasta dolorosa, pero creo que es la única razón que nos obligaría a actuar de la manera correcta. ¿No quieres tener algo qué ocultar o sobre lo cual mentir? Entonces no hagas nada malo.

En fin, esas sí que son fantasías, pues así como mencionaba al inicio que mentir es casi algo cultural e innato en las personas, que nos gusta imaginar y crear (Y gracias a eso existen historias tan fabulosas en libros y películas), puedo pensar que también la corrupción y malas costumbres son algo muy arraigado en nosotros, cada vez más y con lo que tenemos que luchar.

Todavía podemos decir que los buenos somos más, pero también hay que pensar quienes son los que están mintiendo todavía y qué tanto nos afecta a los demás.

Como sea, eso es ya decisión de cada persona y no hay manera civilizada y positiva de obligar a alguien a que se maneje con absoluta honestidad. Pero sí hay que trabajar mucho en la cultura, para que deje de ser algo normal.

Por lo pronto, me seguiré riendo de la casa de oro y de los viajes fantásticos, y del mismo modo les agradezco por su lectura y sus comentarios. Quedo a sus órdenes en samuel.ochoa@elpueblo.com y en @rockydriller en Twitter.

Se despide el ciudadano regular. 




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