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Domingo, 19 de noviembre del 2017
A Dios sea la gloria.

Samuel Ochoa

Las nuevas crónicas del ciudadano regular L

2017-03-21 - Samuel Ochoa

Como ser humano nacido en la década de los 90s, bueno técnicamente los 80s pero no tengo conciencia de mi primer año de vida, fui de esa clase de personas que se apegaba mucho a algunos objetos a los cuales les daba valor sentimental, por el momento, los cuales eran parte importante de mi vida hasta que se me olvidaba porqué los tenía y terminaban guardados en un cajón por varios años.


Son de esa clase de cosas que no recuerdas que tienes ni que quieres hasta que tu madre te pregunta “¿te sirve esto o lo tiro?”, entonces te pones a explorar en toda esa basura sentimental que solo hace montón entre tus pertenencias, porque siendo realistas, aquello que realmente te importa lo tienes cerca siempre, no guardado llenándose de polvo.

Así me veía cada 6 meses aproximadamente revisando entre mis objetos viejos, haciendo una evaluación mental y sentimental de si quería o no quedarme con ellos, para darle lugar en un futuro a nueva basura emocional, aunque ese término suene feo porque no es que no signifique algo, pero finalmente cuando te desapegabas de ellos, su destino era eso precisamente, la basura.

Los verdaderos recuerdos valiosos se quedan en la cabeza, siempre que conserves la suficiente lucidez como para explorar en tu memoria, lo demás no puede trascender, a menos que seas una persona muy famosa y que en el futuro dicha posesión pueda ser subastada por una suma exorbitada; de nuevo aplicando la ley de la excepción.

Fuera de ello, no es mala idea seguir esa cultura budista y no apegarse a nada de lo que está en este mundo terrenal, porque un día puedes ya no tenerlo, o tú un día te vas y todo eso se quedó aquí, sirviéndole quizá a alguien más o con ese fatídico destino del que hablaba hace rato, el favorito de las madres mexicanas que hacen limpieza exhaustiva al hogar de vez en cuando.

Y de esa clase de basura emocional también solemos llenar nuestra cabeza, muchas veces sin pensarlo y sin darnos cuenta, pero porque no sabemos dejar ir y al final todo eso se convierte solo en una carga para nuestro propio crecimiento.

Platicaba con un amigo hace poco, quien me contaba que todavía se acordaba del compañero que en el jardín de niños lo golpeaba para quitarle su lonche, al cual aún le guardaba rencor porque “nunca pudo desquitarse”. No supe si lo decía en broma o muy en serio, pero es la clase de recuerdos que son basura emocional de los que hablaba, no tiene caso cargar un rencor por más de 20 años, ¿o eso habrá de cambiar algo en el futuro?

Si se pone uno a hacer ese ejercicio mental, observar en tus memorias y ver cuántos recuerdos inútiles conservas, puede ser muy interesante y hasta te sirve para descubrir qué es lo que te mantiene atado a algún problema en tu vida.

Conservamos viejos amores, cariños innecesarios, malos recuerdos, enojos, corajes, frustraciones, molestias, dudas, pero lo malo es que cuando sacamos esas cosas de las cajas del olvido en que estaban guardados, reviven esos sentimientos y nos atoran otra vez en ese obstáculo emocional. Esa limpieza resulta mucho más necesaria que la que hace mamá en casa cada 6 meses.

Vaya, entiendo que resulta sumamente complicado porque simplemente no puedes dejar ir muchas de esas cosas. A veces son los recuerdos los que te hacen fuerte, sí, pero lo que yo quiero decir con “hacer limpieza” es resolver esos asuntos pendientes.

Eso implica perdonar y pedir perdón, aceptar las cosas como son y también entender que ha otras que no son como uno quisiera, pero lo más importante de todo es tener muy claro que todo lo que está en el pasado es algo imposible de cambiar, y que sobre lo que puedes trabajar es lo que tienes ahora, esperando que lo que venga después sea mejor.

Habrá quien pueda hacerlo solo, otros necesitan ayuda, pero es buen ejercicio mental tomarse ese tiempo, al menos una o dos veces al año, y sentirse en paz con uno mismo. Total, vas a necesitar ese espacio en el futuro para guardar recuerdos nuevos, y qué mejor que llegar al final de tu vida con una mente ordenada y en que sean más las cosas buenas que las malas, para que pase en ese ideal de las tarjetas de farmacia, “morir y que tú sonrías mientras todos a tu alrededor lloran”.

Importante hacer una mención, en nuestra mente no está mamá recordándonos qué tenemos y qué no, así que no esperen una señal para ello, debe ser un ejercicio que salga desde uno mismo.

Pero ya es decisión de cada quien, a la mejor podemos estar en paz con todo lo que tenemos en la cabeza, ¿tenemos o no asuntos pendientes?

Eso es todo por ahora, les agradezco mucho su lectura y todos sus comentarios que me hacen llegar en mis redes sociales, así como en mi correo electrónico samuel.ochoa@elpueblo.com en donde recibo y contesto todas sus dudas y sugerencias.

Se despide una vez más el ciudadano regular. 




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